Me dejé llevar por el viento, sin importarme el tiempo que transcurría incansable, para sentirme invadida por una sensación de libertad de la que tan sólo contadas veces podía disfrutar. Cuando ya estuve algo más alejada, concedí que el viento siguiera su camino, y yo me dejé caer por entre las, aún verdes, plantas de trigo. El inestable clima de la primavera hacía de aquello un paisaje maravilloso. Las nubes oscuras cubrían buena parte del cielo, dejando sólo al descubierto la luna, con una aureola que certificaba que al día siguiente seguiría siendo ventoso. Mirando hacia el horizonte, los reflejos intermitentes de rayos, y el olor a húmedo que se apreciaba en el ambiente daba a entender que se aproximaba una tormenta. El suelo estaba humedecido, pero la tierra se amoldaba perfectamente a la espalda, cosa que la hacía, en cierta manera, cómoda. Pasé la mano por encima de las puntas de las hojas, que me crearon un cosquilleo en las palmas. Observé el cielo con adoración. No se podían ver las estrellas, pero aún así era un precioso espectáculo. Era todo tan… extraordinario. Lo que más ansiaba, en esos momentos, era poder volar. Poder volar para sentir que nada me ataba a ningún sitio, que era independiente de hacer lo que quisiera, que podía ir a donde me placiera. Ansiaba la libertad. Pero los duros chillidos de la patrona me hicieron volver a la realidad.
- ¡Criada! ¡Vuelve de una vez! – ya había desistido, si en 8 años no se había aprendido mi nombre ( o no lo había querido aprender ), ya nunca me llamaría por él. Sus gritos de impaciencia se intensificaron, hasta que tuve que abandonar mi paraíso y volver a la horrible casa de la que hacía de sirvienta.
“Qué bonita”, decía todo el mundo al ver aquella morada. Podía ser bonita, lujosa y cuidada, pero para mi era el infierno. El infierno de tener que hacer lo que normalmente hacía la gente de 40 años, con 15. Tener que fregar, limpiar, cocinar, planchar y barrer, sin olvidarme una mota en el suelo, ni un restregón en el cristal. “Eso te pasa por ser huérfana”, me repetía constantemente. Bueno, bien mirado no era huérfana, pues mi padre estaba vivo, pero fue el quien me envió a aquella casa, aún teniendo dinero de sobras para poder mantenerme. Así que, para mí, era huérfana.
Y la patrona me odiaba. Me hacía trabajar más a drede, pues yo los primeros años fui rebelde, quizá demasiado, y ahora le tocaba su revancha. No era raro el día que me iba a dormir – a un mísero saco rellenado con paja – habiendo tomado únicamente el almuerzo. Y tampoco cuando me tenía que quedar hasta la madrugada trabajando. Pero, desde los 7 años no había vivido en ningún sitio más que allí, y ése, a pesar de todo, se suponía mi hogar.
Yo siempre consideré mi hogar los campos que lo rodeaban. Unos colosales campos de trigo, que a pleno día ventoso, moldeaban formas imposibles de apreciar para casi todos, pero que yo podía ver con claridad. Las montañas sólo se divisaban en días de muy poca humedad, pues eran lejanas, pero cuando se veían creaban un ambiente espectacular. Siempre le llamé a ese sitio “un lugar en medio de la nada”.
Y sin embargo, ahora, que tengo todo lo que ansío, que es otra gente la que me sirve a mí, que todos me conocen y me adoran. Ahora, extraño aquellos momentos a la luz de la luna, aquellos momentos exhaustos, en los que me sentía insignificante al comprobar la inmensidad de lo que me rodeaba. Aquellos en los que alguien anónimo, como yo, se sentía más cerca del cielo que de los que la rodeaban.
Parecerá ingenuo, pero a veces es mejor tener poco y apreciarlo. Disfrutar de pocos momentos de libertad, pero disfrutarlos. Que a nadie le importes, pero que sepas que eres única, y nada te va a hacer cambiar.
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maaw.·/
Bueno, cuando llegas a una meta, debes plantearte otra. Porque es cierto, cuando ya se cumplen..., no hay nada más que hacer. Y la verdad es que cuando tienes escasos momentos de libertad se aprecian mucho más que cuando tienes todo el día por delante.
ResponderEliminar¡Ay, que se me olvida! Me ha gustado mucho :3
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